DIDASKALOS

DIDASKALOS

miércoles, 21 de junio de 2017

Peregrinos de la belleza


Poco después de mi personal peregrinaje por la belleza he leído este libro de María Belmonte, publicado por Acantilado hace ya dos años. Se trata de una colección de semblanzas de personajes que encontraron en Italia y Grecia su particular paraíso durante una etapa más o menos larga de sus vidas. A pesar de haber nacido lejos del Mediterráneo, o quizás precisamente por ello, desde el siglo XVIII muchos europeos del norte se sintieron atraídos por estos países del sur y emprendieron una especie de viaje iniciático del que volvían profundamente transformados.
Cada viajero tenía un motivo diferente para dirigirse al sur: la contemplación de las ruinas clásicas, los efectos beneficiosos del sol, la búsqueda de amores prohibidos o de un escondite para una relación ilícita. Y para algunos afortunados, aquel viaje deparaba insospechados y gozosos descubrimientos. Porque el amante del Mediterráneo ve el mar más azul, el cielo más índigo, la silueta de los árboles más definida y elegante en Italia o Grecia. Se pasea arrobado, con la mirada alterada del enamorado y desprovista de las telarañas de la cotidianeidad, como el místico que contempla la belleza del mundo porque ve las cosas como si fuera la primera vez. No sólo la mirada se agudiza en el amante-místico, sino también la percepción. Los parajes están cargados de significado, se puede detectar la presencia del espíritu del lugar, de husmearlo, de temerlo, de adorarlo.
Estas palabras están tomadas de la introducción del libro, que lleva el sugestivo título de El mundo mediterráneo como destino vital. La autora hace su propia selección de peregrinos de la belleza entre quienes más le han influido y han contribuido a hacer de ella una amante del Mediterráneo. La mayoría están relacionados con la literatura, pero también con las bellas artes e, incluso, con la medicina. Dos alemanes, un sueco, cuatro británicos y dos estadounidenses, algunos nacidos en lugares tan remotos como China o la India, componen la nómina de viajeros repartidos en las dos partes del libro, la primera dedicada a Italia y la segunda a Grecia.
María Belmonte no pretende ofrecer una biografía detallada de cada uno de los personajes. Lo que le interesa es su relación con Italia o Grecia. Por ello, después de comentar brevemente los orígenes y antecedentes familiares, se centra en sus vivencias en estos países del sur de Europa. Generalmente al final de cada semblanza la autora introduce el relato personal de su visita a alguno de los lugares relacionados con el personaje, para rastrear las huellas de su presencia.
Tras la introducción el libro se inicia con Johann Winckelmann, precursor del ideal neoclásico en las bellas artes. A pesar de sus modestos orígenes y de empezar a trabajar como maestro de escuela, su curiosidad y dotes intelectuales le llevarían hasta Roma, donde acabó siendo bibliotecario, catalogador y anticuario papal. No llegó a visitar Grecia, viaje que pospuso en varias ocasiones. En Trieste, cuando regresaba a Roma desde Viena, fue asesinado en extrañas circunstancias, reconstruidas minuciosamente por la autora.

Winckelmann retratado por Rafael Mengs

Alemán como Winckelmann fue Wilhelm von Gloeden. Procedía de una familia acomodada de la que heredó el título de barón. Viajó a Italia en busca de un clima cálido que curase sus problemas de tuberculosis. En Taormina acabaría restableciéndose y encontrando la inspiración para sus inquietudes artísticas. Se sirvió de un arte entonces incipiente, la fotografía, para recrear escenas clásicas de ambientación bucólica, utilizando como modelos a sus humildes vecinos sicilianos.


Fotografías de Wilhelm von Gloeden

Axel Munthe también viajó al sur desde su Suecia natal para curarse de la tuberculosis. Estudió la carrera de medicina en Francia y montó una exitosa consulta en París y, más tarde, en Roma. Sin embargo, encontraría su verdadero hogar en la isla de Capri, donde fue considerado casi un santo por su altruismo y entrega a un lugar que distaba mucho de ser por entonces un destino turístico de lujo. Allí construiría una original villa en uno de los parajes más hermosos de la isla, la ermita de San Michele.


Villa San Michele

La vida de D.H. Lawrence, personaje que aparece en la fotografía de la portada, fue breve pero intensa. De orígenes humildes trabajó de maestro, como Winckelmann, y pronto empezó a escribir. A los veinticinco años estuvo a punto de morir por una grave neumonía. Al año siguiente huyó a Italia en compañía de la esposa de su antiguo profesor de francés, con la que mantendría una larga y peculiar relación. Sus novelas y libros de viajes reflejan su manera apasionada de disfrutar de la vida y la fascinación que sintió por Italia.

D.H. Lawrence y su esposa Frieda

El motivo que llevó a Italia a Norman Lewis fue diferente al de los demás personajes de este libro. En septiembre de 1943 desembarcó en una playa cerca de Paestum durante la Operación Avalancha, la invasión aliada de Italia. Trece meses pasó Lewis destinado en Nápoles y sus alrededores. En su libro Nápoles 1944 describió la vida de la ciudad en medio de los desastres de la guerra.

Erupción del Vesubio en 1944, de la que fue testigo Norman Lewis

Grecia no es un país pequeño... es extraordinariamente grande. Ningún país de los que he visitado me ha producido semejante sensación de grandeza. El tamaño no siempre viene dictado por las distancias.
Con estas palabras de Henry Miller se inicia la parte del libro dedicada a Grecia. El autor norteamericano visitó el país entre junio y diciembre de 1939. Durante esos meses trabaría una intensa amistad con un círculo de intelectuales y escritores entre los que se encontraban Lawrence Durrell, residente por entonces en Corfú, el poeta Seferis y Yorgos Katsimbalis, el coloso de Marusi, al que se alude en el título del que probablemente sea el libro de viajes más apasionado y alejado de academicismos que se haya escrito nunca sobre Grecia.
A diferencia de Miller, que sólo pasó unos meses en Grecia, Patrick Leigh Fermor residió buena parte de su vida en ese país. Se le puede considerar el paradigma del viajero, aventurero y amante de Grecia. De él y sus libros ya hemos hablado en otras entradas de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ (Mani, Roumeli y Drink Time!). Resulta difícil permanecer indiferente ante un personaje tan fascinante y eso se le nota a la autora, que ha escrito en La simiente negra la crónica de su propio viaje por Creta en busca de los escenarios del legendario secuestro del general Kreippe, y tras las huellas de los republicanos españoles que participaron en la evacuación aliada de la isla.

Autorretrato de la autora en el museo de la guerra de Heraklion

Kevin Andrews fue otro apasionado de Grecia, no tan conocido como Leigh Fermor, porque su vida fue menos heroica y su libro The flight of Ikaros (El vuelo de Ícaro) permanece sin traducir a muchas lenguas, entre ellas el español. Después de graduarse en Harvard llegó a Grecia becado por la Escuela Estadounidense de Estudios Clásicos. Recién terminada la guerra mundial el país se hallaba envuelto en su propia guerra civil. Andrews emprendió el viaje influido por el pasado clásico de Grecia, pero acabaría por interesarle más su historia reciente, tras convivir con pastores y campesinos mientras recorría el Peloponeso buscando los restos de antiguas fortalezas venecianas. Regresó a Grecia en la década de los cincuenta y vivió allí hasta su trágica muerte, acaecida en 1989 cuando hacía la travesía a nado entre la isla de Citera y el islote de Avgó.

Kevin Andrews con el islote de Avgó al fondo

El último personaje reseñado es Lawrence Durrell, por el que la autora demuestra también una simpatía especial. Su relación con Grecia se plasma en tres escenarios, tres islas en las que Durrell vivió en tres períodos de su vida y que inspiraron tres espléndidos libros de viajes: La celda de Próspero, sobre Corfú; Reflexiones sobre una Venus marina, dedicado a Rodas; y Limones amargos, ambientado en Chipre. El recorrido de la autora por los lugares durrellianos de Corfú cierra esta última semblanza.
Pero este no es el final del libro, ya que María Belmonte añade un breve epílogo donde evoca las figuras del filósofo bizantino Gemisto Pleton y su discípulo italiano Segismundo Malatesta, que robó los restos de su maestro de la catedral de Mistras, en el Peloponeso, para trasladarlos al templo que había mandado construir en Rímini, un edificio singular e inacabado que constituye, según la autora, el símbolo más elocuente de ese ideal inalcanzable de perfección física y espiritual que brilló fugazmente en las estatuas de Fidias y en las palabras de Sófocles y que surgió hace siglos en las riberas del Mediterráneo.

Templo Malatestiano de Rímini

Tumba de Gemisto Pleton

Peregrinos de la belleza es un cautivador recorrido por la vida de nueve personalidades fascinantes y, al mismo tiempo, un viaje por los paisajes de Italia y Grecia. Un libro donde se mezclan la biografía, la crítica literaria y el relato de viajes, y en el que su autora logra recrear con maestría, tanto el carácter de sus personajes, como el ambiente, la época y los lugares por los que transitaron.

jueves, 1 de junio de 2017

Viaje a Ítaca (y VI)

Έτσι σοφός που έγινες, με τόση πείρα,
ήδη θα το κατάλαβες η Ιθάκες τι σημαίνουν.

Tan sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
ya comprenderás qué significan las Ítacas.

Seguimos a la búsqueda de los escenarios de la Odisea, esta vez en la parte sur de la isla. La carretera que sale de Vathy se va estrechando a los pocos kilómetros hasta convertirse en un camino de tierra, cada vez más impracticable. A nuestra izquierda la ladera cae en pronunciada pendiente hacia el mar. No se distingue ningún lugar apropiado para aparcar el coche o intentar dar la vuelta. Por suerte un poco más adelante se abre una explanada despejada de vegetación. Echamos a andar por la pequeña planicie de Marathias y nos topamos con unos cercados para ovejas y cabras. Perezosamente salen a nuestro encuentro unos perros que ladran por instinto, no porque tengan como misión ahuyentar a ningún extraño. Aquí debió de estar la majada de Eumeo, el lugar al que se dirigió Odiseo por indicación de Atenea después de llegar a Ítaca .
Llégate primero al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te quiere bien y adora a tu hijo y a la prudente Penélope. Lo hallarás sentado entre los puercos, los cuales pacen junto a la roca del Cuervo y la fuente Aretusa, comiendo abundantes bellotas y bebiendo agua turbia, cosas ambas que hacen crecer en ellos la floreciente grosura.
La roca del Cuervo es un cortado que cae en vertical hacia la costa. Según la leyenda un cazador llamado Kórax (cuervo) se habría despeñado por aquí. Su madre Aretusa, a causa del dolor, habría sido convertida en un manantial. Nos asomamos para ver la pared e intentamos descender hasta la fuente, que se halla a sus pies, pero el terreno es abrupto y peligroso.


Desandamos el camino y tomamos de nuevo el coche hasta donde la pista de tierra da paso al asfalto. A la derecha una indicación señala el inicio del sendero que conduce a la fuente de Aretusa. Empezamos a descender por un camino flanqueado por una tupida vegetación de arbustos en flor. El calor aprieta, pero las vistas de nuevo nos sobrecogen. La pequeña bahía de Ligia se halla a nuestros pies. Un velero solitario echa el ancla junto a la costa. Nos llega el ruido de las voces y los chapoteos de sus tripulantes que toman un baño.


En este paraje desembarcó Telémaco para evitar la emboscada de los pretendientes, que le esperaban a su regreso del continente, tal y como le había advertido Atenea.
Los más conspicuos de los pretendientes se emboscaron, para acechar tu llegada, en el estrecho que media entre Ítaca y la escabrosa Samos, pues quieren matarte cuando vuelvas al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes sepultará la tierra en su seno a algunos de los pretendientes que devoran lo tuyo. Por eso haz que pase el bien construido bajel a alguna distancia de las islas y navega de noche, y aquel de los inmortales que te aguarda y te protege enviará detrás de tu barco próspero viento. Así que arribes a la costa de Ítaca, manda la nave y todos los compañeros a la ciudad, y llégate ante todas las cosas al porquerizo, que guarda tus cerdos y te quiere bien.
Continuamos el descenso hasta llegar a los pies de la roca del Cuervo. Allí, en una oquedad de la pared, se encuentra la fuente, actualmente sin agua.


Nuestra intención es seguir bajando hasta la playa, para recobrarnos del calor con un chapuzón y reponer fuerzas con un bocadillo a la orilla del mar, pero la vegetación es demasiado espesa y no acertamos a encontrar la senda que lleva hasta allí. Nos tenemos que conformar con tomar un tentempié a un lado del camino, disfrutando, eso sí, de un magnífico panorama.


De nuevo en el coche nos dirigimos a Perachori, una bonita localidad emplazada en la montaña que domina Vathy por el sur. Como no hemos podido refrescarnos por fuera en la playa, nos refrescamos por dentro en un kafenío del pueblo. La dueña nos recomienda el paseo a Paleochora, la antigua capital de la isla, que fue abandonada después de que en el siglo XVIII el centro administrativo se trasladara a la costa. Aparte de alguna iglesia que se sigue utilizando como ermita, solo quedan los cimientos de las antiguas edificaciones, que se distinguen a duras penas entre la vegetación. El camino ofrece unas vistas espléndidas sobre Vathy, la actual capital.


Si siguiéramos caminando llegaríamos hasta la cueva de las ninfas, por encima de la bahía de Dexia, pero nos hemos quedado con las ganas de un baño en el mar. Así que decidimos regresar y conducir hasta la pequeña playa de Loutsa, cerca de donde nos alojamos. Allí nos zambullimos por fin en las refrescantes aguas del Jónico, mientras el sol empieza a ponerse por el otro extremo de la bahía.




Al día siguiente debemos abandonar la isla y tomar el barco que nos lleva de vuelta al continente. Ítaca nos ha regalado un hermoso viaje. No nos ha engañado. Más bien no ha dejado de sorprendernos. No es ni mucho menos pobre, sino rica por sus paisajes, por su historia y, sobre todo, por sus gentes. Una isla que sigue conservando su esencia, alejada del turismo de masas, a pesar del magnetismo que ejerce su nombre.
Pero Ítaca no es el final del viaje, no es ese su significado. Tampoco lo fue para Odiseo que, tras matar a los pretendientes, tuvo que partir de nuevo con un remo al hombro en busca de los hombres que nunca vieron el mar. Cuando se llega al anhelado destino, siempre se presenta un nuevo horizonte que descubrir. No hay una sola Ítaca, sino muchas, y pobre del que se quede sin una Ítaca que alcanzar. La vida es un continuo viaje, aunque no siempre sea necesario moverse del sitio para volar. Algunos de los mejores viajes se emprenden con las alas de la imaginación. Como el más hermoso viaje jamás contado, el que nos ha traído hasta Ítaca, el que empieza con estas palabras: 

ἄνδρα μοι ἔννεπε, μοῦσα, πολύτροπον, ὃς μάλα πολλά
πλάγχθη, ἐπεὶ Τροίης ἱερὸν πτολίεθρον ἔπερσεν·
πολλῶν δ' ἀνθρώπων ἴδεν ἄστεα καὶ νόον ἔγνω...

Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio, que larguísimo tiempo
anduvo peregrinando, después de destruir la sacra ciudad de Troya,
vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres...