DIDASKALOS

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miércoles, 17 de mayo de 2017

Viaje a Ítaca (III)

Πάντα στον νου σου νάχεις την Ιθάκη.
Το φθάσιμον εκεί είν’ ο προορισμός σου.
Aλλά μη βιάζεις το ταξείδι διόλου.

Ten siempre a Ítaca en la mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero de ningún modo apresures el viaje.

Abandonamos Naupacto y retomamos el camino hacia el oeste, teniendo a Ítaca siempre en la mente y cada vez más cerca en el mapa. El golfo de Corinto se cierra en su parte más estrecha para luego abrirse hacia el mar Jónico. La luz de la mañana resalta el blanco de los enormes pilares del puente que desde hace unos años une las dos orillas.


Pasamos junto a esta gran obra de la ingeniería moderna y durante unos kilómetros la carretera circula en paralelo a una autopista a punto de ser inaugurada, con flamantes túneles y viaductos que en el futuro harán más accesibles estas regiones de Grecia, a cambio de modificar profundamente el paisaje. Frente a la modernidad de estas nuevas infraestructuras la toponimia de los lugares que atravesamos se obstina en hacer viajar nuestra mente de nuevo hacia el pasado. Nos sale al paso el río Eveno, de ancha corriente, que acumula piedras y arena en sus orillas. Es el río que el centauro Neso ayudó a cruzar a Deyanira, antes de intentar violarla. Desde la otra orilla Heracles disparó sus flechas y acabó con la vida del centauro. La sangre de Neso sería tiempo después la causa de la muerte del héroe, como cuenta Sófocles en las Traquinias. Deyanira fue una princesa de Calidón, la ciudad cuyas ruinas aparecen más adelante a un lado de la carretera. Llama la atención su curioso teatro, en el que la orquestra y las primeras filas del graderío tienen planta rectangular.



Subimos por la colina y encontramos los restos de un heroon y los cimientos del templo de Ártemis sobre una terraza que domina la llanura circundante hasta el mar.



En el solitario paseo por las ruinas no hallamos ni rastro del legendario jabalí que asoló estas tierras, pero nos topamos con otras fieras más pequeñas que nos dan un buen susto al salir huyendo ruidosamente a nuestro paso.


Cerca de Calidón, junto al mar, está la heroica ciudad de Mesolongui, rodeada de marismas, donde Lord Byron encontró la muerte mientras apoyaba la causa de la independencia de Grecia. Siguiendo por la carretera principal pasamos junto a más restos antiguos: unos baños romanos y la ciudad de Pleurón, construida en una colina sobre unas imponentes terrazas. Pero continuamos hacia el oeste y atravesamos la ciudad de Etolikó, con su singular emplazamiento en una pequeña isla en mitad de la marisma. Nos aproximamos al curso del Aqueloo, uno de los ríos más caudalosos de Grecia, que en la mitología rivalizó con Heracles por la mano de Deyanira. Desde la Antigüedad la línea de costa se ha visto modificada por los sedimentos arrastrados por el río. Oiniades era una ciudad etolia situada junto al mar, cuyas ruinas se encuentran hoy rodeadas de tierras de cultivo. Mi admirada Ana Capsir, que ha hecho Mil viajes a Ítaca y tan bien conoce estas tierras, me descubrió el lugar en una entrada de su blog. Por la parte que miraba a tierra Oiniades estaba protegida por una muralla de la que quedan bastantes restos.


Pero lo más impresionante del recinto arqueológico son los antiguos astilleros, que contemplamos desde un terreno que hace más de dos mil años ocupaba el mar. Se trata de seis enormes rampas talladas en la roca, por las que se sacaban las naves a tierra para hacer reparaciones o resguardarlas en invierno. Unas columnas sotenían la techumbre hoy perdida.


En la parte alta de ciudad había también un teatro, que conserva la orquestra y buena parte del graderío.


En estas ruinas solitarias nos encontramos, como en Calidón, con varias serpientes. El guardia nos había advertido que tuviéramos cuidado, porque en estos primeros días de calor del año las piedras desnudas de los monumentos antiguos son su sitio favorito para calentarse. Otros reptiles más inofensivos poblaban el lugar, unas pequeñas tortugas que se ocultaban entre las hierbas del suelo.

 

A pocos kilómetros de Oiniades se encuentra Ástaco, el puerto desde el que sale el barco para Ítaca. Había sido un poco complicado conseguir los billetes, al menos desde nuestra perspectiva de europeos occidentales. Pero aquí, en Grecia, las cosas funcionan de otra manera. La confianza y la costumbre pueden resultar más eficaces que los modernos trámites online. Para asegurarme de que no me quedaba sin pasaje en unas fechas en las que los griegos vuelven a casa para celebrar la Pascua, había intentado sacar los billetes desde España por Internet. La página de la compañía naviera no me ofrecía esa posibilidad, así que lo intenté con otros sitios de venta de billetes. Tampoco había manera. Finalmente me puse en contacto por correo electrónico con una agencia de viajes de Ítaca que aparecía en la página de la compañía. Una amable señorita, llamada Eleni, me contestó que si le enviaba los nombres de los pasajeros ella se encargaría de emitir los billetes. Le pregunté de qué manera podía hacer la transferencia para pagarlos y cómo me los harían llegar a España. Me contestó que no era necesario hacer ninguna transferencia. Sólo tenía que pasarme por su oficina cuando estuviera en Ítaca y entonces pagaría y recogería los billetes de vuelta. Tampoco hacía falta que yo tuviera billete alguno para embarcar en Ástaco. Bastaba con que dijera mi nombre al subir al barco. Estando en España lo normal parecía desconfiar de este procedimiento y sospechar que podía haber algún tipo de engaño, o que cabía la posibilidad de que nos quedáramos sin plaza en el barco, al no tener ningún tipo de documento. Pero yo confié en la amable Eleni y en la naturalidad con la que me había explicado todo. Y ahora estábamos allí, en el muelle de Ástaco, viendo cómo el Ionion Pelagos vomitaba su cargamento de viajeros, coches y camiones procedentes de Ítaca, para hacer sitio a los que esperábamos para embarcar.


Ver a los demás pasajeros con su billete en la mano me produjo cierta inquietud. Cuando cruzamos la rampa un miembro de la tripulación nos pidió los billetes. Le contesté que no teníamos billetes, pero que yo era ο κύριος Κάστρο. Entonces consultó un papel adhesivo que tenía pegado en el exterior de su mano izquierda. Entre los garabatos allí escritos debía estar mi nombre, porque esbozó una sonrisa y contestó con un Περάστε (Pasad). En unos momentos veíamos desde la cubierta cómo nos alejábamos del encantador pueblo de Ástaco, con su muelle, su paseo, su playa y algún pequeño hotelito.


Un poco más allá las islas deshabitadas que cierran la bahía de Ástaco, donde se pueden distinguir varios criaderos de las doradas que encontramos en las pescaderías de nuestros supermercados.



Después de pasar entre los islotes se adivina por fin, en un plácido mar Jónico, la silueta de la isla de Odiseo.




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