DIDASKALOS

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lunes, 17 de julio de 2017

Mil viajes a Ítaca

A finales de 2010 descubrí en internet una luminosa ventana abierta a los mares de Grecia. A través de ella no sólo se contemplan espléndidas vistas, también se puede escuchar el sonido del viento, el rumor de las olas, retazos de conversaciones y melodías de canciones. Llega hasta nosotros el olor del salitre, de los pinos y los cipreses, o el aroma de algún plato cocinado con mimo en una taberna junto al mar. La responsable de mantener abierta esa ventana para que nuestro ordenador se inunde periódicamente con los colores, sonidos, aromas y sabores de Grecia es Ana Capsir, autora del blog Navegando por Grecia.


Ana Capsir es bióloga, navegante y viajera. Descubrió Grecia hace más de veinte años y se enamoró del país, donde reside una parte del año. Decidió compartir sus recuerdos y vivencias en un blog, cuyas entradas han sido recopiladas recientemente por Ediciones Casiopea en forma de libro con el título de Mil viajes a Ítaca.


Para los que visitamos habitualmente Navegando por Grecia es un placer releer de un tirón las entradas que han ido apareciendo estos años en el blog. Quienes no lo conozcan tienen ahora la oportunidad de descubrir a una autora con una voz y un estilo muy personales, que hacen inconfundibles sus historias. A pesar de su brevedad y aparente sencillez los relatos de Ana son fruto de una cuidadosa elaboración. Están cocinados a fuego lento, con una buena dosis de ternura y admiración hacia los griegos, y condimentados con ironía, sentido del humor y una pizca de nostalgia, a la que se añaden en ocasiones unas gotas de amargura ante los padecimientos que ha traído la crisis en los últimos tiempos.


El material del libro está organizado de acuerdo con un criterio geográfico, aprovechando que cada entrada se relaciona con alguna de las múltiples islas que pueblan los mares de Grecia. La primera parte está dedicada a las islas del Egeo, la segunda a las del Jónico y la tercera al Peloponeso, que al fin y al cabo es una isla, no sólo por su etimología, sino también físicamente desde que el canal de Corinto lo separa de la Grecia continental.
La autora confiesa en varias ocasiones su pasión por las islas, a las que se aproxima con afán de coleccionista, aunque no baste con una sola visita para desvelar todos sus secretos.
Yo soy coleccionista de islas griegas y si en algún momento vislumbrara la posibilidad de finalizar mi colección, ¿qué haría?, pues volver a empezar por la primera, porque en cada visita son inexplicablemente diferentes, como los naipes de los trileros.
Es necesario volver una y otra vez a la misma isla si quieres que llegue finalmente a abrirse como una granada madura para mostrarte sus frutos más dulces. Si solo la visitas en una ocasión, es posible que la encuentres aún verde.


Se equivocará quien pretenda encontrar en el libro una guía exhaustiva de las islas visitadas. El lector no hallará descripciones detalladas de paisajes, pueblos pintorescos, ruinas o museos. Esta ruta evita a propósito los lugares más frecuentados por el turismo. A cambio tendrá el privilegio de atracar en islas minúsculas, habitadas por una pareja apartada del mundo o por un pope centenario. Rememorará la historia de amor de María Callas en la isla de Skorpios. Asistirá a un concierto de la diva en la vecina Lefkada, en el que un joven pianista de 18 años lucha por mantener a raya sus nervios. Recorrerá las islas del golfo Sarónico saltando de taberna en taberna. O sencillamente se dejará arrastrar por el cúmulo de sensaciones que puede llegar a suscitar un plato de aceitunas, degustado en un pequeño puerto del Peloponeso. Partiendo de un recuerdo, una breve anécdota o una conversación, la autora va construyendo a retales su particular visión de Grecia.
Aparte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones, porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes.


La última parte del libro está dedicada a la isla de Lefkada (Leúcade por su nombre clásico), en especial al pueblo donde la autora compró y rehabilitó una vivienda para convertirla en su hogar en Grecia. Las historias relacionadas con la casa y con sus singulares vecinos de Evgiros se encuentran entre las más suculentas del libro. Especialmente memorable es el diálogo platónico que mantiene con el electricista, el fontanero y el albañil para intentar conseguir que se pongan de acuerdo y terminen de una vez por todas la obra. En estas páginas Ana Capsir despliega sus dotes narrativas para acercarnos a personajes tan entrañables como Vangelis, el pescador que busca una novia que no esté muy gorda; Ioanna, la panadera que hornea el pan como si de un ritual mágico se tratara; Takis, el mecánico desastrado, capaz de encontrar una solución a casi cualquier problema; o las taberneras, confidentes y amigas Vula y María. Ellos son los verdaderos héroes del libro, los griegos que no dejan de sorprendernos por su naturalidad, por su forma peculiar de disfrutar de la vida y por su capacidad de autogestión para salir adelante incluso en las circunstancias más adversas.
Pocos peros se le pueden poner al libro, aparte de algún despiste ocasional por hacer referencia a una foto o canción que aparecían en el blog, pero que aquí se omiten. Aliquando bonus dormitat Homerus, como dijo el poeta. Más llamativos son algunos deslices en la acentuación, que se podrían haber subsanado con un buen trabajo de corrección de pruebas por parte de la editorial. Sin embargo, Ediciones Casiopea se gana inmediatamente nuestra indulgencia por el mimo que pone en el envío del libro, cuidadosamente envuelto, atado con un cordel y con una invitación a viajar.


Y es que el libro de Ana Capsir es un auténtico regalo para todos los amantes de Grecia, con páginas a la altura de lo mejor que se haya escrito en español sobre este país. Después de leerlo nos quedamos como esos gatos de un puerto de las Espóradas, congregados en el muelle olfateando el rastro que deja un delicioso guiso de calamares mientras la Maga se adentra en el mar.


 La mayoría de las imágenes que ilustran esta entrada están tomadas del blog de la autora, Navegando por Grecia, donde se pueden seguir degustando nuevas historias.


jueves, 29 de junio de 2017

Thermæ Romæ, un cómic ambientado en Japón y en la antigua Roma


Lucius Modestus es un arquitecto romano especializado en la construcción de termas que no pasa por su mejor momento. Sus proyectos son rechazados por no adaptarse a los nuevos tiempos y atraviesa una crisis matrimonial. Un amigo escultor, Marcus, intenta consolarle y juntos acuden a unos baños para relajarse. Lucius se sumerge y de repente es succionado por un extraño desagüe. Al poco tiempo emerge en un lugar diferente, rodeado de unos individuos de cara plana y ojos rasgados.




Así comienza Thermæ Romæ, una exitosa serie de manga japonés, escrita y dibujada por Mari Yamazaki y publicada en español por Norma Editorial. La colección consta de seis volúmenes con originales portadas, en las que esculturas clásicas, como el Laoconte, aparecen ataviadas con complementos propios de la cultura termal japonesa.




El protagonista del cómic descubrirá con asombro un pueblo totalmente desconocido, que comparte con los romanos su afición por los baños, aunque con una tecnología mucho más desarrollada. En sucesivos viajes de ida y vuelta entre la antigua Roma y el Japón actual, Lucius traerá nuevas ideas que le permitirán revolucionar el mundo de las termas romanas.






La fama de Lucius Modestus llega hasta el mismo emperador Adriano, quien acaba por requerir sus servicios. Se abre así una segunda línea argumental del cómic, en la que nuestro protagonista se convierte en una especie de consejero ocasional del emperador y se ve envuelto en las intrigas de senadores y otros miembros de la corte candidatos a la sucesión.


Al final de cada capítulo en los primeros volúmenes, y más espaciadamente en los siguientes, aparece una sección titulada Mis amores: Roma y los baños, donde la autora habla del proceso de elaboración de los episodios, ofrece detalles de sus viajes de documentación por Japón en compañía de su divertido editor jefe, el señor Okumura, y nos confiesa también su pasión por la cultura de la antigua Roma, que descubrió en su época de estudiante en Italia y viviendo en Europa con su marido italiano.

Mari Yamazaki
Con el desarrollo de la serie el argumento se va haciendo cada vez más complejo y los episodios se extienden a lo largo de varios capítulos. La autora se recrea en el contraste entre dos civilizaciones separadas por dos mil años de historia, pero con algunos puntos en común. El protagonista reacciona con estupor ante inventos como la televisión, pero también improvisa, con los materiales que tiene a mano, elementos de la cultura romana.




Cuando la acción se sitúa en Roma los diálogos de los personajes están plagados de latinismos, en ocasiones traídos por los pelos o fuera de lugar. Cuando Lucius se dirige a algún interlocutor japonés que no entiende su idioma la autora recurre directamente el latín, no siempre utilizado con propiedad. Pero en el cuarto volumen Lucius se encuentra por fin con un personaje que entiende su idioma en el mundo de los caraplana, la bella e inteligente Satsuki.




La aparición de Satsuki da un nuevo rumbo a la historia y ya no será Lucius el único que realice viajes en el tiempo. Una trama mafiosa, una historia de amor y una excavación arqueológica transcurren en paralelo a los últimos días del emperador Adriano.




Un pequeño inconveniente en la lectura del cómic es que, debido a su reducido formato, resultan prácticamente ilegibles, si no se recurre a una lupa, las anotaciones de la autora y del traductor a pie de viñeta. Por otro lado, puede resultar extraño leer un cómic a la japonesa, pasando las páginas al revés y siguiendo las viñetas de derecha a izquierda. Pero el esfuerzo merece la pena, porque Mari Yamazaki nos hace disfrutar con una historia original y llena de sentido del humor. Al final sentimos simpatía no sólo por los personajes, sino también por la autora, que nos cuenta detalles de su vida privada y nos hace partícipes de su propia experiencia como guionista y dibujante de este manga. Del éxito que tuvo la obra en Japón da idea el hecho de que se rodara un largometraje, aprovechando los decorados de la célebre serie Roma.



Mari Yamazaki ha vuelto a visitar la antigua Roma en su nuevo manga, firmado en colaboración con Tori Miki e inspirado en la figura de Plinio el Viejo. Afortunadamente podemos disfrutar también de esta obra en español, gracias a la edición que está haciendo la editorial tarraconense Ponent Mon, de la que ya han visto la luz tres volúmenes. Pero de ellos hablaremos en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ a la vuelta del verano.


miércoles, 21 de junio de 2017

Peregrinos de la belleza


Poco después de mi personal peregrinaje por la belleza he leído este libro de María Belmonte, publicado por Acantilado hace ya dos años. Se trata de una colección de semblanzas de personajes que encontraron en Italia y Grecia su particular paraíso durante una etapa más o menos larga de sus vidas. A pesar de haber nacido lejos del Mediterráneo, o quizás precisamente por ello, desde el siglo XVIII muchos europeos del norte se sintieron atraídos por estos países del sur y emprendieron una especie de viaje iniciático del que volvían profundamente transformados.
Cada viajero tenía un motivo diferente para dirigirse al sur: la contemplación de las ruinas clásicas, los efectos beneficiosos del sol, la búsqueda de amores prohibidos o de un escondite para una relación ilícita. Y para algunos afortunados, aquel viaje deparaba insospechados y gozosos descubrimientos. Porque el amante del Mediterráneo ve el mar más azul, el cielo más índigo, la silueta de los árboles más definida y elegante en Italia o Grecia. Se pasea arrobado, con la mirada alterada del enamorado y desprovista de las telarañas de la cotidianeidad, como el místico que contempla la belleza del mundo porque ve las cosas como si fuera la primera vez. No sólo la mirada se agudiza en el amante-místico, sino también la percepción. Los parajes están cargados de significado, se puede detectar la presencia del espíritu del lugar, de husmearlo, de temerlo, de adorarlo.
Estas palabras están tomadas de la introducción del libro, que lleva el sugestivo título de El mundo mediterráneo como destino vital. La autora hace su propia selección de peregrinos de la belleza entre quienes más le han influido y han contribuido a hacer de ella una amante del Mediterráneo. La mayoría están relacionados con la literatura, pero también con las bellas artes e, incluso, con la medicina. Dos alemanes, un sueco, cuatro británicos y dos estadounidenses, algunos nacidos en lugares tan remotos como China o la India, componen la nómina de viajeros repartidos en las dos partes del libro, la primera dedicada a Italia y la segunda a Grecia.
María Belmonte no pretende ofrecer una biografía detallada de cada uno de los personajes. Lo que le interesa es su relación con Italia o Grecia. Por ello, después de comentar brevemente los orígenes y antecedentes familiares, se centra en sus vivencias en estos países del sur de Europa. Generalmente al final de cada semblanza la autora introduce el relato personal de su visita a alguno de los lugares relacionados con el personaje, para rastrear las huellas de su presencia.
Tras la introducción el libro se inicia con Johann Winckelmann, precursor del ideal neoclásico en las bellas artes. A pesar de sus modestos orígenes y de empezar a trabajar como maestro de escuela, su curiosidad y dotes intelectuales le llevarían hasta Roma, donde acabó siendo bibliotecario, catalogador y anticuario papal. No llegó a visitar Grecia, viaje que pospuso en varias ocasiones. En Trieste, cuando regresaba a Roma desde Viena, fue asesinado en extrañas circunstancias, reconstruidas minuciosamente por la autora.

Winckelmann retratado por Rafael Mengs

Alemán como Winckelmann fue Wilhelm von Gloeden. Procedía de una familia acomodada de la que heredó el título de barón. Viajó a Italia en busca de un clima cálido que curase sus problemas de tuberculosis. En Taormina acabaría restableciéndose y encontrando la inspiración para sus inquietudes artísticas. Se sirvió de un arte entonces incipiente, la fotografía, para recrear escenas clásicas de ambientación bucólica, utilizando como modelos a sus humildes vecinos sicilianos.


Fotografías de Wilhelm von Gloeden

Axel Munthe también viajó al sur desde su Suecia natal para curarse de la tuberculosis. Estudió la carrera de medicina en Francia y montó una exitosa consulta en París y, más tarde, en Roma. Sin embargo, encontraría su verdadero hogar en la isla de Capri, donde fue considerado casi un santo por su altruismo y entrega a un lugar que distaba mucho de ser por entonces un destino turístico de lujo. Allí construiría una original villa en uno de los parajes más hermosos de la isla, la ermita de San Michele.


Villa San Michele

La vida de D.H. Lawrence, personaje que aparece en la fotografía de la portada, fue breve pero intensa. De orígenes humildes trabajó de maestro, como Winckelmann, y pronto empezó a escribir. A los veinticinco años estuvo a punto de morir por una grave neumonía. Al año siguiente huyó a Italia en compañía de la esposa de su antiguo profesor de francés, con la que mantendría una larga y peculiar relación. Sus novelas y libros de viajes reflejan su manera apasionada de disfrutar de la vida y la fascinación que sintió por Italia.

D.H. Lawrence y su esposa Frieda

El motivo que llevó a Italia a Norman Lewis fue diferente al de los demás personajes de este libro. En septiembre de 1943 desembarcó en una playa cerca de Paestum durante la Operación Avalancha, la invasión aliada de Italia. Trece meses pasó Lewis destinado en Nápoles y sus alrededores. En su libro Nápoles 1944 describió la vida de la ciudad en medio de los desastres de la guerra.

Erupción del Vesubio en 1944, de la que fue testigo Norman Lewis

Grecia no es un país pequeño... es extraordinariamente grande. Ningún país de los que he visitado me ha producido semejante sensación de grandeza. El tamaño no siempre viene dictado por las distancias.
Con estas palabras de Henry Miller se inicia la parte del libro dedicada a Grecia. El autor norteamericano visitó el país entre junio y diciembre de 1939. Durante esos meses trabaría una intensa amistad con un círculo de intelectuales y escritores entre los que se encontraban Lawrence Durrell, residente por entonces en Corfú, el poeta Seferis y Yorgos Katsimbalis, el coloso de Marusi, al que se alude en el título del que probablemente sea el libro de viajes más apasionado y alejado de academicismos que se haya escrito nunca sobre Grecia.
A diferencia de Miller, que sólo pasó unos meses en Grecia, Patrick Leigh Fermor residió buena parte de su vida en ese país. Se le puede considerar el paradigma del viajero, aventurero y amante de Grecia. De él y sus libros ya hemos hablado en otras entradas de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ (Mani, Roumeli y Drink Time!). Resulta difícil permanecer indiferente ante un personaje tan fascinante y eso se le nota a la autora, que ha escrito en La simiente negra la crónica de su propio viaje por Creta en busca de los escenarios del legendario secuestro del general Kreippe, y tras las huellas de los republicanos españoles que participaron en la evacuación aliada de la isla.

Autorretrato de la autora en el museo de la guerra de Heraklion

Kevin Andrews fue otro apasionado de Grecia, no tan conocido como Leigh Fermor, porque su vida fue menos heroica y su libro The flight of Ikaros (El vuelo de Ícaro) permanece sin traducir a muchas lenguas, entre ellas el español. Después de graduarse en Harvard llegó a Grecia becado por la Escuela Estadounidense de Estudios Clásicos. Recién terminada la guerra mundial el país se hallaba envuelto en su propia guerra civil. Andrews emprendió el viaje influido por el pasado clásico de Grecia, pero acabaría por interesarle más su historia reciente, tras convivir con pastores y campesinos mientras recorría el Peloponeso buscando los restos de antiguas fortalezas venecianas. Regresó a Grecia en la década de los cincuenta y vivió allí hasta su trágica muerte, acaecida en 1989 cuando hacía la travesía a nado entre la isla de Citera y el islote de Avgó.

Kevin Andrews con el islote de Avgó al fondo

El último personaje reseñado es Lawrence Durrell, por el que la autora demuestra también una simpatía especial. Su relación con Grecia se plasma en tres escenarios, tres islas en las que Durrell vivió en tres períodos de su vida y que inspiraron tres espléndidos libros de viajes: La celda de Próspero, sobre Corfú; Reflexiones sobre una Venus marina, dedicado a Rodas; y Limones amargos, ambientado en Chipre. El recorrido de la autora por los lugares durrellianos de Corfú cierra esta última semblanza.
Pero este no es el final del libro, ya que María Belmonte añade un breve epílogo donde evoca las figuras del filósofo bizantino Gemisto Pleton y su discípulo italiano Segismundo Malatesta, que robó los restos de su maestro de la catedral de Mistras, en el Peloponeso, para trasladarlos al templo que había mandado construir en Rímini, un edificio singular e inacabado que constituye, según la autora, el símbolo más elocuente de ese ideal inalcanzable de perfección física y espiritual que brilló fugazmente en las estatuas de Fidias y en las palabras de Sófocles y que surgió hace siglos en las riberas del Mediterráneo.

Templo Malatestiano de Rímini

Tumba de Gemisto Pleton

Peregrinos de la belleza es un cautivador recorrido por la vida de nueve personalidades fascinantes y, al mismo tiempo, un viaje por los paisajes de Italia y Grecia. Un libro donde se mezclan la biografía, la crítica literaria y el relato de viajes, y en el que su autora logra recrear con maestría, tanto el carácter de sus personajes, como el ambiente, la época y los lugares por los que transitaron.

jueves, 1 de junio de 2017

Viaje a Ítaca (y VI)

Έτσι σοφός που έγινες, με τόση πείρα,
ήδη θα το κατάλαβες η Ιθάκες τι σημαίνουν.

Tan sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
ya comprenderás qué significan las Ítacas.

Seguimos a la búsqueda de los escenarios de la Odisea, esta vez en la parte sur de la isla. La carretera que sale de Vathy se va estrechando a los pocos kilómetros hasta convertirse en un camino de tierra, cada vez más impracticable. A nuestra izquierda la ladera cae en pronunciada pendiente hacia el mar. No se distingue ningún lugar apropiado para aparcar el coche o intentar dar la vuelta. Por suerte un poco más adelante se abre una explanada despejada de vegetación. Echamos a andar por la pequeña planicie de Marathias y nos topamos con unos cercados para ovejas y cabras. Perezosamente salen a nuestro encuentro unos perros que ladran por instinto, no porque tengan como misión ahuyentar a ningún extraño. Aquí debió de estar la majada de Eumeo, el lugar al que se dirigió Odiseo por indicación de Atenea después de llegar a Ítaca .
Llégate primero al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te quiere bien y adora a tu hijo y a la prudente Penélope. Lo hallarás sentado entre los puercos, los cuales pacen junto a la roca del Cuervo y la fuente Aretusa, comiendo abundantes bellotas y bebiendo agua turbia, cosas ambas que hacen crecer en ellos la floreciente grosura.
La roca del Cuervo es un cortado que cae en vertical hacia la costa. Según la leyenda un cazador llamado Kórax (cuervo) se habría despeñado por aquí. Su madre Aretusa, a causa del dolor, habría sido convertida en un manantial. Nos asomamos para ver la pared e intentamos descender hasta la fuente, que se halla a sus pies, pero el terreno es abrupto y peligroso.


Desandamos el camino y tomamos de nuevo el coche hasta donde la pista de tierra da paso al asfalto. A la derecha una indicación señala el inicio del sendero que conduce a la fuente de Aretusa. Empezamos a descender por un camino flanqueado por una tupida vegetación de arbustos en flor. El calor aprieta, pero las vistas de nuevo nos sobrecogen. La pequeña bahía de Ligia se halla a nuestros pies. Un velero solitario echa el ancla junto a la costa. Nos llega el ruido de las voces y los chapoteos de sus tripulantes que toman un baño.


En este paraje desembarcó Telémaco para evitar la emboscada de los pretendientes, que le esperaban a su regreso del continente, tal y como le había advertido Atenea.
Los más conspicuos de los pretendientes se emboscaron, para acechar tu llegada, en el estrecho que media entre Ítaca y la escabrosa Samos, pues quieren matarte cuando vuelvas al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes sepultará la tierra en su seno a algunos de los pretendientes que devoran lo tuyo. Por eso haz que pase el bien construido bajel a alguna distancia de las islas y navega de noche, y aquel de los inmortales que te aguarda y te protege enviará detrás de tu barco próspero viento. Así que arribes a la costa de Ítaca, manda la nave y todos los compañeros a la ciudad, y llégate ante todas las cosas al porquerizo, que guarda tus cerdos y te quiere bien.
Continuamos el descenso hasta llegar a los pies de la roca del Cuervo. Allí, en una oquedad de la pared, se encuentra la fuente, actualmente sin agua.


Nuestra intención es seguir bajando hasta la playa, para recobrarnos del calor con un chapuzón y reponer fuerzas con un bocadillo a la orilla del mar, pero la vegetación es demasiado espesa y no acertamos a encontrar la senda que lleva hasta allí. Nos tenemos que conformar con tomar un tentempié a un lado del camino, disfrutando, eso sí, de un magnífico panorama.


De nuevo en el coche nos dirigimos a Perachori, una bonita localidad emplazada en la montaña que domina Vathy por el sur. Como no hemos podido refrescarnos por fuera en la playa, nos refrescamos por dentro en un kafenío del pueblo. La dueña nos recomienda el paseo a Paleochora, la antigua capital de la isla, que fue abandonada después de que en el siglo XVIII el centro administrativo se trasladara a la costa. Aparte de alguna iglesia que se sigue utilizando como ermita, solo quedan los cimientos de las antiguas edificaciones, que se distinguen a duras penas entre la vegetación. El camino ofrece unas vistas espléndidas sobre Vathy, la actual capital.


Si siguiéramos caminando llegaríamos hasta la cueva de las ninfas, por encima de la bahía de Dexia, pero nos hemos quedado con las ganas de un baño en el mar. Así que decidimos regresar y conducir hasta la pequeña playa de Loutsa, cerca de donde nos alojamos. Allí nos zambullimos por fin en las refrescantes aguas del Jónico, mientras el sol empieza a ponerse por el otro extremo de la bahía.




Al día siguiente debemos abandonar la isla y tomar el barco que nos lleva de vuelta al continente. Ítaca nos ha regalado un hermoso viaje. No nos ha engañado. Más bien no ha dejado de sorprendernos. No es ni mucho menos pobre, sino rica por sus paisajes, por su historia y, sobre todo, por sus gentes. Una isla que sigue conservando su esencia, alejada del turismo de masas, a pesar del magnetismo que ejerce su nombre.
Pero Ítaca no es el final del viaje, no es ese su significado. Tampoco lo fue para Odiseo que, tras matar a los pretendientes, tuvo que partir de nuevo con un remo al hombro en busca de los hombres que nunca vieron el mar. Cuando se llega al anhelado destino, siempre se presenta un nuevo horizonte que descubrir. No hay una sola Ítaca, sino muchas, y pobre del que se quede sin una Ítaca que alcanzar. La vida es un continuo viaje, aunque no siempre sea necesario moverse del sitio para volar. Algunos de los mejores viajes se emprenden con las alas de la imaginación. Como el más hermoso viaje jamás contado, el que nos ha traído hasta Ítaca, el que empieza con estas palabras: 

ἄνδρα μοι ἔννεπε, μοῦσα, πολύτροπον, ὃς μάλα πολλά
πλάγχθη, ἐπεὶ Τροίης ἱερὸν πτολίεθρον ἔπερσεν·
πολλῶν δ' ἀνθρώπων ἴδεν ἄστεα καὶ νόον ἔγνω...

Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio, que larguísimo tiempo
anduvo peregrinando, después de destruir la sacra ciudad de Troya,
vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres... 


domingo, 28 de mayo de 2017

Viaje a Ítaca (V)

Κι αν πτωχική την βρεις, η Ιθάκη δεν σε γέλασε.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca no te engañó.

Puede que Homero nunca estuviera en Ítaca, que los lugares que describe en la Odisea sean producto de su imaginación. Hay quien piensa que no pudo ser el autor de la Odisea, que él mismo es un personaje de ficción. Otros han sostenido incluso que la isla de Odiseo no es la actual Ítaca, sino la cercana Léucade. Sea como fuere Ítaca no es una isla más del Jónico, es ya para siempre un paisaje literario, el único elemento de la Odisea, aparte de sus versos inmortales, que permanece prácticamente igual después de dos mil setecientos años. La belleza de sus paisajes se carga de significados nuevos cuando el viajero los recorre buscando los escenarios donde el autor situó su historia. Quizás se trate de un ejercicio vano, porque es imposible identificar con certeza esos lugares, porque el mejor viaje es el que se realiza con la imaginación, pero produce una emoción especial releer algunos fragmentos de la obra en los parajes en los que supuestamente están ambientados.
Está en el país de Ítaca el puerto de Forcis, el anciano del mar, formado por dos orillas prominentes y escarpadas que convergen hacia las puntas y protegen exteriormente las grandes olas contra los vientos de funesto soplo, y en el interior las corvas naves, de muchos bancos, permanecen sin amarras así que llegan al fondeadero. Al cabo del puerto está un olivo de largas hojas y muy cerca una gruta agradable, sombría, consagrada a las ninfas que náyades se llaman.

A este sitio, que ya con anterioridad conocían, fueron a llegarse, y la embarcación andaba velozmente y varó en la playa, saliendo del agua hasta la mitad. ¡Tales eran los remeros por cuyas manos era conducida! Apenas hubieron saltado de la nave de hermosos bancos en tierra firme, comenzaron sacando del cóncavo bajel a Odiseo, con la colcha espléndida y la tela de lino, y lo pusieron en la arena, entregado todavía al sueño; y seguidamente, desembarcando las riquezas que los ilustres le habían dado al volver a su patria, gracias a la magnánima Atenea, las amontonaron todas al pie del olivo, algo apartadas del camino.


La pequeña bahía de Dexia es el lugar en el que los feacios depositaron a Odiseo dormido con sus riquezas. El primer paisaje de su añorada tierra que descubre al despertar, veinte años después de haber partido. Un islote cierra la bahía, al fondo se divisa el monte Nérito, el más alto de la isla. No hay sólo un olivo, sino varios a lo largo de la pequeña playa de guijarros blancos. A través del agua cristalina se distinguen las manchas negras y punzantes de los erizos de mar. Un pequeño embarcadero y no más de cinco o seis casas dispersas por la ladera. El lugar transmite una paz absoluta, como si no quisiera despertar a su rey, dormido en la playa después de tantos trabajos.




Según cuenta Pedro Olalla en su Atlas Mitológico de Grecia, hasta el siglo XVIII existió una cueva junto a la orilla, donde Odiseo habría escondido sus riquezas con ayuda de Atenea, pero fue destruida para obtener materiales de construcción. Unos dos kilómetros hacia el interior hay otra cueva donde los arqueólogos han encontrado ofrendas a las ninfas. Actualmente está cerrada por riesgo de desprendimientos, pero merece la pena acercarse hasta ella para disfrutar de unas espléndidas vistas de la bahía.



Siguiendo la carretera hacia el norte atravesamos el istmo que une las dos mitades de la isla. Ganamos altura rápidamente ascendiendo por las laderas del monte Nérito. Después de unas curvas pronunciadas se abre a la derecha un terreno llano y despejado que algunos han identificado como el campo de Laertes. Este sería el lugar donde se produjo el encuentro de Odiseo con su anciano padre en una de las escenas más conmovedoras de la obra.




Odiseo, incansable embustero, no le revela inmediatamente su identidad a Laertes. Cuando al fin le dice que es su hijo, que ha vuelto tras veinte años de ausencia, el anciano desconfía y le pide una prueba que lo demuestre.
Si lo deseas, te enumeraré los árboles que una vez me regalaste en este bien cultivado huerto: pues yo, que era niño, te seguía y te los iba pidiendo uno tras otro; y, al pasar por entre ellos, me los mostrabas y me decías su nombre. Fueron trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras; y me ofreciste, además, cincuenta leños de cepas, cada uno de los cuales daba fruto en diversa época, pues hay aquí racimos de uvas de todas clases cuando los hacen madurar las estaciones que desde lo alto nos envía Zeus.


La carretera sigue subiendo y un desvío a la izquierda nos lleva al monasterio de Kathara o de Panayía Kathariotisa, que se halla en uno de los puntos más elevados de la isla. En el interior del recinto encontramos a un parroquiano que barre el patio. Le preguntamos si hay monjes viviendo en el monasterio y nos contesta que el último que quedaba murió hace tan sólo un mes con más de noventa años. Él sigue viniendo a diario para mantener limpio el lugar. Desde el campanario, algo apartado del edificio principal, se disfruta un impresionante panorama del profundo puerto de Vathy y la parte sur de Ítaca.




Seguimos hacia el norte y atravesamos el pueblo de Anoyi, el más alto de Ítaca, en la ladera este del Nérito. Poco después la carretera desciende hacia Stavros, en cuyas proximidades se encuentra el paraje conocido como Escuela de Homero. Se trata de unos modestos restos arqueológicos, cubiertos por tablones de madera medio podridos, pero los últimos estudios parecen confirmar que aquí estaba el principal núcleo micénico de la isla.



Aunque las ruinas sean un tanto decepcionantes y difíciles de interpretar, resulta emocionante recorrerlas pensando que nos hallamos en el palacio de Odiseo, el lugar donde Penélope habría esperado pacientemente a su esposo soportando las insolencias de los pretendientes. Las vistas desde aquí no desmerecen a las de otras partes de la isla.


Después de tantas emociones hay que buscar un lugar para reponer fuerzas. Nos dirigimos al encantador pueblo de Kioni, uno de los lugares más hermosos de Ítaca. Allí en una taberna junto al mar nos sentamos a disfrutar del apacible ritmo de vida de este maravilloso rincón del Jónico.