DIDASKALOS

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domingo, 27 de mayo de 2012

"Con el agua al cuello" de Petros Márkaris

Acabo de leer el último libro de Petros Márkaris, probablemente el autor griego actual más conocido fuera de Grecia. El título original de la novela es Ληξιπρόθεσμα δάνεια, que se podría traducir por Préstamos vencidos, aunque para la edición española se ha preferido el título Con el agua al cuello. Como los últimos libros de Márkaris la novela está publicada por la editorial Tusquets con traducción de Ersi Marina Samará Spiliotopulu. Por cierto, en esta misma editorial está a punto de reeditarse Suicidio perfecto, la tercera novela de la serie, que fue publicada en su día por Ediciones B y que se encontraba agotada.


De Petros Márkaris y su personaje, el comisario Kostas Jaritos, ya hemos hablado en otras ocasiones en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ, al comentar El accionista mayoritario y Muerte en Estambul. Las novelas policíacas de Márkaris constituyen un fiel reflejo de la evolución de la sociedad griega en los últimos años. En esta ocasión la acción se sitúa en el verano de 2010. Grecia está en pleno proceso de ajustes. Los compañeros y subordinados de Jaritos ven cómo se recortan sus sueldos y sus futuras pensiones. La indignación y la desesperación es creciente. Las calles de Atenas se llenan de manifestaciones y protestas... Podría ser la España de 2012, pero no, es la Grecia de 2010.
El entorno personal de Jaritos también ha cambiado. Por fin ha casado "como Dios manda" a su hija Katerina y se ha visto obligado a prescindir de su vetusto Mirafiori, toda una reliquia que ha sustituido por un moderno Seat Ibiza con GPS. En este contexto se produce un extraño asesinato que el comisario Jaritos tendrá que resolver: un banquero jubilado aparece decapitado en el jardín de su lujosa residencia a las afueras de Atenas. Es el punto de arranque de una trama, quizá más efectista que en otras ocasiones, pero que sigue la línea de las anteriores novelas e invita a reflexionar sobre la situación actual de Grecia y sobre el papel que han jugado en los últimos años las entidades financieras. 


lunes, 21 de mayo de 2012

jueves, 10 de mayo de 2012

Un diccionario sobre Grecia muy cariñoso

Acabo de leer el Diccionario del amante de Grecia (Dictionnaire amoureux de la Grèce) de Jacques Lacarrière (1925-2005). El libro está publicado en español por la editorial Paidós con traducción de Godofredo González.
Jacques Lacarrière fue un gran conocedor y amante de Grecia, por la que empezó a apasionarse en su época de estudiante y de la que terminaría por enamorarse tras su primera visita en 1947. La relación especial del autor con Grecia está muy bien expuesta en su libro Verano griego (L'été grec), del que ya hemos hablado en otra ocasión en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ.


A lo largo de su vida Lacarrière pasó largas temporadas en Grecia y recorrió en profundidad el país. Tradujo al francés una buena cantidad de obras griegas antiguas, medievales y modernas. Conoció personalmente a la mayoría de los autores vivos que tradujo, entre ellos dos premios Nobel, Seferis y Elitis. Escribió además numerosos artículos y colaboraciones sobre diversos aspectos de la cultura griega en revistas, catálogos de exposiciones, libros de arte, programas de teatro y un largo etcétera. Fruto de todo ese trabajo es el presente libro, publicado originalmente en 2001. El autor se decide a ordenar parte de ese material disperso dándole forma de diccionario. Un diccionario muy personal en el que un único motivo ha guiado la selección del contenido, según confiesa Lacarrière en el prólogo:
Sí, ha sido el amor -el amor de las palabras, de los lugares, de los objetos, de las ideas, de las imágenes, de los cantares, de los autores, de los amigos, de las amigas (mortales, ninfas o diosas) el que me ha dictado la selección de las entradas y su contenido.
 Como se puede ver, las entradas del diccionario son de lo más diverso, desde lugares, obras de arte y objetos cotidianos a personajes históricos, mitológicos o literarios, pasando por palabras que se incluyen por su mera sonoridad o poder de evocación. Destaca a lo largo de la obra la presencia de los escritores modernos traducidos por Lacarrière. Es en esas entradas en las que el autor se extiende más y suele incluir una selección de textos del escritor reseñado. De esta manera el diccionario se convierte en una pequeña antología de la literatura griega moderna, aunque la traducción no siempre se hace directamente del griego al español, sino a partir de las versiones francesas de Lacarrière. A este respecto hay que llamar la atención sobre la discutible transcripción española de algunos nombres y términos griegos, debido seguramente a la interferencia del francés (Herodoto por Heródoto, combolú por komboloi, zebétiko por zebékiko, etc.)
A pesar de que el libro lleve el título de Diccionario, no estamos ante una obra de consulta. Es un inventario personal de afinidades que hay que leer seguido, o bien escogiendo los motivos que resulten más interesantes para cada uno. La variedad de los temas, las ilustraciones seleccionadas personalmente por el autor y, sobre todo, el cariño con el que están escritas las entradas hacen que las más de 600 páginas del libro resulten una lectura amena.
Quisiera terminar citando otro pasaje del prólogo, en el que el autor se sirve de una bella metáfora para referirse a la continuidad de la lengua griega a lo largo del tiempo. Corrobora la opinión que compartimos muchos de que el griego es un auténtico tesoro, con una rica historia ininterrumpida de más de 3500 años, digno de ser reconocido como patrimonio de la humanidad:
En este viaje a través del tiempo, los paisajes y las creaciones de la Grecia de antaño, de ayer y de hoy he podido constatar una vez más la admirable perennidad de la lengua griega. Desde los antiguos griegos a los poetas contemporáneos, desde los filósofos antiguos hasta los místicos bizantinos tuve la constante sensación de seguir la corriente de un río único e ininterrumpido. Sí, de navegar por un agua nutricia donde la presencia de la fuente se nota hasta en el estuario, como lo atestiguan ciertos pasajes de las obras de Elytis, Seferis o Sikelianós, donde se descubren con sorpresa y con encanto pepitas de griego antiguo insertas en los poemas actuales. La lengua griega fue siempre una lengua aurífera.

jueves, 3 de mayo de 2012

El caballo de Troya en el museo de Mikonos

En Mikonos se puede visitar un pequeño, pero muy interesante museo arqueológico. Fue inaugurado en 1905 para albergar los ricos hallazgos de la isla de Rinia (Ρήνεια). Según cuenta Tucídides, en el año 426 a. C. los habitantes de la vecina Delos habían empezado a utilizar esta isla como necrópolis, obedeciendo a un oráculo que les advertía de que era un sacrilegio enterrar a sus muertos en la isla sagrada de Apolo.
Pero una de las piezas más destacadas del museo no procede de Rinia, sino de la misma Mikonos. Se trata de un ánfora funeraria de gran tamaño elaborada por un taller de Tinos en el siglo VII a. C. La pieza está decorada con relieves relacionados con la conquista de Troya.

Llama la atención, en el cuello del ánfora, la escena en la que se representa el caballo de Troya. En el cuerpo del caballo de madera se abren pequeñas ventanas por las que asoman las cabezas de los soldados griegos ocultos en su interior.

Uno de los soldados saca una mano y sostiene un casco con un hermoso penacho, otro sujeta una espada y un tercero un escudo. Más personajes, que no sabemos si son griegos o troyanos, aparecen en torno al caballo o encaramados sobre su lomo. Destacan los ojos exageradamente grandes de las figuras, que parecen mirar desde un tiempo muy lejano, y cierta desproporción en las dimensiones, como corresponde a una pieza de la época arcaica, procedente además de un taller al margen de los grandes focos de la cerámica griega.

En el cuerpo del vaso aparecen diversas escenas del saqueo de Troya, algunas especialmente crueles, como esta en la que un soldado griego atraviesa con su espada a un niño troyano en presencia de su madre.

En otras escenas las troyanas parecen salvar sus vidas y las de sus hijos a cambio de ofrecer sus favores y manifestar sumisión a los conquistadores.

Al pie de la enorme ánfora un modesto rótulo escrito a mano explica en griego y en inglés las características y la procedencia de la pieza.

Estos pequeños museos arqueológicos que uno puede encontrarse en diversos lugares de Grecia tienen un encanto especial. Albergan piezas magníficas, pero no es extraño ver goteras y humedades en las paredes. A mí me llama especialmente la atención lo endeble y rudimentario de las vitrinas en las que se exponen los objetos. Da la impresión de que un niño jugando o alguien que tropezase por accidente podría hacer caer la vitrina con todo su contenido.

Cuando uno sale del museo y pasea entre las tiendas de souvenirs se sorprende, por contraste, del magnífico aspecto de los expositores de los comercios que tan sólo contienen baratijas para turistas. Una más de las tantas paradojas de este maravilloso país.